Desdichado farolo.

Apareció de la nada, con su guitarra y con su natural descaro. Yo estaba sentado entre las mujeres cuando hizo su aparición, y rasgueando las cuerdas de su instrumento -o su herramienta, según se mire- empezó a cantar sobre la hermosura de los ojos de Dulce, seguidamente continuó con el pelazo de Meritxel, y con las manos de la joven Rosario. No me gustó el tipo, pero he de admitir que sabía hacer muy bien lo que hacía -fuese lo que fuese que hacía-: El tono de su voz de gondolero era firme y continuado, seguro de sí mismo; Y que un rayo me parta si esa forma de mirar y sonreír no es el resultado de horas de entrenamiento y ensayo.
Las chicas y yo estábamos tomando algo junto al paseo de la playa, mientras esperábamos el regreso del sector masculino de la cuadrilla, que no habían podido ni sabido resistirse, a exhibir testosterona en grandes cantidades durante un partido de vóley entre el Atlántico y un mar de bikinis. Uno de ellos, el farolero, me había dicho guiñándome un ojo: Contrólanos a las chicas hasta que volvamos de machacar a esos, y allí estaba yo con un Cuba Libre sin revolución, y casi sin ron, aunque por el aroma creí notar que algo de ron llevaba: Cuando vuelva el camarero, pienso decirle que me traiga otro vaso de hielo con unas gotas de ron aromatizante, y que por favor, la rodaja de limón no la corten con el hacha que ya me he tragado dos medias semillas.
Tenía ocupada mi mente en profundas cavilaciones sobre el hecho de si me sentaría mal la Coca-Cola de garrafón, cuando noté el pie de Dulce golpear suavemente sobre el mío bajo la mesa. La miré entonces, y ella me señaló con sus pestañas a Rosario y me guiñó un ojo: El asaltaliteras de la guitarra, con su sonrisa de lobo bueno, estaba acampando su ejército ante las puertas del castillo de Rosario y ella parecía encantada. Si yo fuera malpensado, pensaría que el instrumentista le había echado algo en la bebida, o que era un hipnotizador o algo parecido. Rosario había enderezado su espalda como si se hubiera tragado una escoba, lanzaba rápidas miraditas hacia uno y hacia otra y le devolvía los ojos al don Juan improvisado. Si yo fuera malpensado, pensaría que se lo estaba comiendo con los ojos, pero la Rosario era una chica cabal y asentada, con sentido común y pensamiento lógico, ella no era capaz de cosas como esa.
Toda la escena transcurrió como una película romántica barata, con un guionista malpagado. El campeón de la guitarra, le cantó a Rosario sobre sus manos, sobre su dulzura, su esbelta figura, etc., hasta completar toda su anatomía, y luego le susurró algo que no pude oír, pero que más tarde Meritxel me contó. Le dijo que le había escrito una canción especialmente para ella, pero que no estaba destinada a ser escuchada por nadie más que por la bella bellísima Rosario, y que se la cantaría si ella aceptaba acompañarle hasta la arena.
Fue entonces cuando ocurrió la tragedia, o al menos fue una tragedia para el farolo, que al parecer creía que lo suyo con Rosario era cosa hecha, y resultó no ser así. Cuando se lo dijimos a su vuelta del partido de vóley me miró con cara de loco, como si yo tuviera la culpa de la deserción de Rosario. El hecho -consumado, debo decirlo- fue que Rosario se puso en pie, y tomó la mano del crack, que atentamente y con previsión se la había tendido, y se fue con él hacia la arena.
No volvimos a verla hasta el mediodía siguiente, pero tuvo no obstante, el detalle de enviarnos un WhatsApp esa misma noche, para tranquilizarnos, y comunicarnos de paso que estaba bien y que nada malo le ocurría. Todos la creímos, incluido el desdichado farolo; el pobre, se tragó un montón de Cuba Libres hasta que descubrió que si quieres alcohol debes pedirlo aparte: Haciéndolo así, al menos te rellenan el espacio de entre los cubitos con whisky, y si te bebes siete es posible que te pongas un poco a tono. Durante el desayuno todos juntos -excepto la ausente Rosario- hicimos un primer balance de cómo estaban resultando las vacaciones: Para nosotros, estaban resultando muy bien; para Rosario aún no lo sabemos, aunque alguna como Meritxel se sonría por lo bajo; En cuanto al desdichado farolo, si hemos de creerle, no pudo dormir en toda la noche preocupado como estaba, por el bienestar de la inocente Rosario, embaucada -según él- por un latín lover de pacotilla como debía de ser el indecente y promiscuo gondolero. Aunque al llegar el mediodía y hacer acto de presencia en el restaurante, una luminosa y radiante Rosario, todos vimos que dicha preocupación había carecido de sentido. Rosario estaba espléndida esa mañana, y no cabía duda de que estaba disfrutando de sus vacaciones.
Nota: Foto de Pixabay: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-con-guitarra-marron-y-negra-33597/