Con zapatos descabalados

05.02.2024

Con exquisita tristeza e intolerable constancia, el poeta le canta su amor a su amada, una amada que, como debe ser, no le ama a él. El mismo poeta puede recordar (y lo hace) cómo fue totalmente incapaz de arrimar un solo verso mientras a aquella desorientada chica le duró la desorientación; ella creía que le amaba, y el poeta también lo creía, y al final resultó que ambos estaban equivocados.

Solo cuando aquella chica volvió a desorientarse, esta vez con un perito en siniestros que trabajaba para una aseguradora, el poeta recobró su inspiración. Un día llegó ella al piso para llevarse sus cosas, y de paso le endosó una póliza de seguros. Fue en ese momento en que ella le hizo firmar el impreso cuando empezó.

Es por eso por lo que, escarmentado, nuestro poeta solamente se enamora de mujeres que nunca se enamorarán de él, lo cual no le resulta nunca demasiado difícil por otro lado. Y con su corazón remendado, que no le permite ya más llanto que el puramente indispensable para emborronar papeles, el poeta se solaza en su tinta.

En su particular "cocina", los poemas sin macerar se encadenaban como una bola de hierro a un condenado, pesadamente, como arrastrando un peso excesivo. Habla de amores que fueron, de amores que no fueron, e incluso de amores que nunca supieron tan siquiera que lo eran, o que lo habían sido; como aquel tan desacertadamente titulado "Bella desconocida", y que había sido inspirado por una contrabajista alemana, y además lesbiana, aunque él solo lo supo más tarde, cuando descubrió que también odiaba a los poetas y a los cuentistas.

No se dejó desanimar por el ninguneo sufrido con su primer poemario, titulado Flauta de arcilla, y por si acaso, sus amigos lo consolaban de forma unánime con el consabido: Ya se sabe que en este país la poesía no vende. Decide entonces nuestro querido poeta iniciar ya mismo y sin demora su obra suprema, el trasfondo de su aportación poética sin caer en el absurdo, pero rozándolo peligrosamente.

Se hizo entonces experto en madrigueras arenosas para evitar derrumbes; probó a ser tratante de náuseas e interventor de celestinas, cola de león y capitán de sardinas, experiencias enriquecedoras todas ellas, que bien merecían un pequeño desembolso de vergüenza e íntimo pudor.

Confirmó además su vieja sospecha: El amor es demasiado complicado como para desenvolverse en él sin estudios previos, aunque en raras ocasiones también mostraba una desconcertante sencillez y simpleza. Y dado que no hay en el mundo un público más exigente que las siempre inconmovibles y estiradas farolas, a ellas se arrimó y bajo su luz gratuita y no ecológica, de nuevo se inspiró.

"Las farolas de Alaska" se publicó por entregas en el semanario "A hierro", y semana tras semana fueron viendo la luz poemas nunca aclamados como "Habilitado en pellejas", "Galanteador de putas maduras", "Pregonero de gallináceas", o "Contable de desídias".

Entonces apareció una ingeniosa tocahuevos aficionada a la crítica poética, que ridiculizó sus versos y cuestionó su "obra". Se llamaba Trinidad, aunque para el caso podía haberse llamado Trinitotoluena. Parecía recién llegada de las islas feroces, y feroces fueron sus descalificaciones lapidarias de la obra de nuestro poeta.

Y fue tanto el dolor que aquella desaprensiva implacable le causó, que nuestro poeta se enamoró de ella, y empezó a enviarle sus poemas dedicados; quien a hierro mata, a hierro muere.

Por todo ello, y por mucho más que no es necesario para el caso recordar, ni viene a cuento, no es de extrañar que los más profundos y más sentidos versos de nuestro triste y patético poeta fueran desde entonces, los que le inspiró el amor imposible e impasible de Trinidad.

Y hoy, con exquisita constancia e intolerable terquedad, el poeta le canta su amor a su amada, bajo la luz de las farolas de una calle que no está en Alaska.

© 2023 José María Martín Rengel, Carmona, Sevilla, 41410
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